martes 3 de julio de 2007

El ingenio contra la miseria

Un campesino de la zona semi-árida del noreste de Brasil se vio obligado a emigrar a Sao Paulo, escapando de la miseria. Una vez en la ciudad, consiguió trabajo limpiando y construyendo piscinas. Aprendió sobre los cementos resistentes al agua que sirven de base para la recreación en el agua, y se le ocurrió una idea: ¿por qué no usar ese tipo de cemento para recuperar agua de lluvia en su comunidad natal, y así evitar que miles sigan enfermando por el uso de agua contaminada?
No tomó demasiado tiempo ni mucho dinero llevar la idea de cisternas recolectoras de agua de lluvia que, usando una tecnología existente y barata, le permiten a una familia almacenar de forma segura el líquido para beber y cocinar. El agua que antes se perdía en la tierra ahora baja por sus techos hasta estas cisternas y los provee por hasta ocho meses.
Hoy, más de 60 mil cisternas de menos de 250 dólares les han cambiado la vida a comunidades enteras en el noreste de Brasil, gracias a una asociación de residentes, gobierno y organizaciones no gubernamentales. Pronto, los organizadores del proyecto esperan beneficiar a más de un millón de hogares.
Casos como este nos recuerdan que la pobreza y las condiciones insalubres en las que aún viven cientos de millones de personas en el mundo – muchos de ellos en Latinoamérica – no necesariamente requieren de inversiones multimillonarias y de apoyos inalcanzables. A veces el uso de sencillas y baratas tecnologías puede ayudar a comunidades enteras a dar un brinco en sus condiciones de vida y empezar a ganarles un mejor futuro.
Muchos se han percatado ya de que algunos pequeños inventos – algo de ingenio, simplemente – pueden cambiarle la vida a la gente. Y ese es el objetivo de la exposición “Tecnología para el otro 90%”, en el Museo Cooper-Hewitt de Nueva York, y de International Development Enterprises, una ONG que promueve el desarrollo de mecanismos de bajo costo para ayudar a los más pobres del mundo. La causa es generar conciencia sobre las dramáticas condiciones de pobreza que existen y las formas realistas y factibles de mitigarla.
Un billón de personas en el planeta, por ejemplo, no tienen acceso a agua potable. La expectativa de que llegue agua entubada, de buena calidad y de forma continúa es escasa o a muy largo plazo. Mientras tanto, los niños enferman de diarrea y sufren por parásitos estomacales. Una sencilla tecnología, basada en las propiedades de filtrado de la cerámica y las cualidades antibacteriales de la plata coloidal, permitió crear una olla filtradora en Guatemala que beneficia hoy a más de 500 mil personas en América Latina. Su inventor es el químico guatemalteco Fernando Mazareigos y, con la ayuda de Ron Rivera, se estandarizó su producción para hacerla de muy bajo costo.
En otras partes del mundo miles se enferman de tifoidea, cólera, disentería y diarrea debido al agua que beben. Con un sencillo invento, el Lifestraw, millones pueden colocar este sorbete en un río y aspirar; el agua, al pasar por el filtro interno del sorbete llegará potable al usuario.

Su uso es hoy extensivo en Nigeria, Uganda, Pakistán y Ghana. Cuesta tan sólo unos dólares y salva miles de vidas.
Al mismo tiempo, ciento de miles de campesinos pierden cosechas o tienen una producción mínima debido a la falta de acceso al agua. Diversos inventos, como la bomba de bambú, permiten extraer agua de una profundidad de hasta 13 metros sin esfuerzo físico excesivo.

Gracias a sus dos pistones de acero y barras de bambú – fáciles de conseguir en las zonas donde se utiliza – la bomba es de bajo costo y beneficia a más de 1.7 millones de campesinos, aumentando sus ganancias globales en cerca de 1.4 mil millones de dólares.
“La necesidad número uno de la gente pobre es encontrar la forma de generar ingresos”, dijo al New York Times Martin Fisher, un ingeniero que fundó KickStart, una organización que ha ayudado a 230 mil personas a salir de la pobreza gracias al uso de una bomba de agua que cuesta 35 dólares.

La transportación del agua también ha sido motivo de grandes dificultades. Eso se puede facilitar con el Q Drum, un contendor de agua en forma de rueda, que es fácil de llenar y fácil de transportar, moviendo hasta 75 litros de agua sin esfuerzo.
Otros inventos sencillos y hasta lógicos permiten almacenar comida por más tiempo, aumentando las posibilidades de acceder a alimentos en buenas condiciones e incluso permitiendo el comercio.
Pero los alimentos y el agua no son los únicos objetivos. La falta de energía eléctrica o gas limita seriamente las posibilidades de las comunidades de mejorar sus condiciones de vida. Existen ahora hornos solares, como el diseñado por Ingenieros Sin Fronteras – una organización del País Vasco --, que permiten que el sol se convierta en la fuente de energía para garantizar la cocción completa de los alimentos. Esta organización asegura que “técnicamente, es posible cubrir las necesidades de alimentación, salud, vivienda y educación”, que establecen los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas, según declararon a la prensa. Ellos aseguran que “si hubiera voluntad”, sería posible lograr cumplir con dichos objetivos de la ONU, gracias a las nuevas tecnologías existentes.

De igual forma, se están desarrollando computadoras portátiles de 100 dólares, así como sistemas de Internet sin cables para regiones remotas y – lo más importante – sistemas para dar energía eléctrica a estos servicios.


Un caso notable es el de Filipinas, dónde con turbinas de agua que producen electricidad se ilumina a 5 mil casas en áreas remotas. Ahí, Victoria López, ejecutiva de Sibat, la empresa que llevó las turbinas, asegura que para que las tecnologías de bajo costo tengan éxito es indispensable “una organización comunal en el pueblo, capaz de administrar y mantener el sistema”. Las turbinas “hidro-micro” pueden dar luz a 35 casas cada una, y permitir el uso de algunas herramientas de trabajo. López señaló a FAO que el dinero que se invierte en esto no debe ser concebido como “asistencia”, ya que “la gente necesita una infraestructura, y ya que la tiene se vuelve más productiva”.
La gran lección es que las tecnologías nuevas y de bajo costo deben estar íntimamente conectadas con las poblaciones a las que buscan beneficiar, a fin de poder adaptarse a los usos y costumbres, así como a las condiciones de uso particulares. No es lo mismo si la tecnología será usada por hombres o por niños, por mujeres o por viejos; debe tomarse en cuenta si la población local podrá dar uso y mantenimiento a los equipos o si necesitará apoyo externo; debe considerarse el clima y las creencias de cada lugar.
Sin embargo, la mesa está servida para utilizar los inventos y sistemas existentes de forma creativa para el beneficio de millones de personas que desesperadamente lo necesitan. En la FAO, siguiendo esa lógica, creemos que la innovación debe siempre estar al servicio de la humanidad, apoyando – y no explotando – a los que menos tienen.

Es hoy una meta posible minimizar el impacto ambiental, mejorar la inclusión social, aumentar el nivel de salud y avanzar en la igualdad de condiciones de millones en nuestra Región y en el mundo si se tiene la voluntad para impulsar la innovación tecnológica y la visión para difundirla.
La Iniciativa América Latina y Caribe sin Hambre, un proyecto medular de la FAO en esta Región, busca ser parte del esfuerzo de sensibilización y concientización sobre el rol que gobiernos, organizaciones y empresarios pueden jugar para erradicar la expresión más extrema de la pobreza: el hambre. Con un poco de voluntad y las herramientas necesarias para la conservación, transportación y distribución de alimentos, ningún ciudadano de esta Región debería conocer lo que es la desnutrición. Las condiciones están dadas; sólo hay que dar los pasos necesarios y el hambre será historia.

-- Walter Belik, Coordinador de la Iniciativa ALCSH
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