La cohesión social es el nuevo paradigma de desarrollo en América Latina, paradigma que ha venido para quedarse y que actualmente monopoliza los numerosos debates sobre desarrollo económico, social y consolidación de las democracias que se están llevando a lo largo de Iberoamérica. Este boom de la cohesión social que estamos viviendo en el 2007, que se evidenció en el Seminario Internacional organizado por la SEGIB en Madrid, tiene como horizonte temporal cortoplacista la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, que este año se celebra en Chile, y cuyo tema central, cómo no, será la cohesión social y las políticas públicas.
La cohesión social, como esquema de desarrollo de los pueblos basado en el enfoque de derechos humanos, se articula en torno a tres elementos que se potencian entre ellos: la reducción de brechas sociales, especialmente la brecha en los ingresos, la garantía del disfrute de derechos de los ciudadanos y la promoción del sentido de pertenencia a la sociedad. Estos argumentos, que fueron recogidos de la experiencia europea de acercamiento de sociedades diversas y economías dispares, están siendo pasados actualmente por el tamiz latinoamericano, para construir un modelo propio de cómo conseguir la cohesión social, con una realidad histórica y geopolítica diferente y, sobre todo, con un punto de partida distinto. Y es ahí donde nos estamos dejando el hambre olvidada en una esquina. ¿Qué hambre? ¿En América Latina hay hambre? Hay hambre de más cohesión social, es cierto, pero sobre todo hay hambre de la básica, de alimentos sanos y nutritivos, suficientes y permanentes. Guatemala tiene uno de cada dos niños desnutridos, en Panamá hay un cuarto de la población que pasa hambre y en Paraguay el hambre crece a pesar de que la pobreza se reduce.
Europa ya no tenía 53 millones de hambrientos, como tiene América Latina, cuando empezó a hablar de cohesión social; no tenía más de 9 millones de niños desnutridos cuando propuso la promoción del sentido de pertenencia al “espacio europeo”, y no tiene generaciones enteras de niños condenados a seguir perpetuando la miseria y la exclusión porque padecen de desnutrición crónica, lo cual les impedirá asistir a la escuela, y si asisten no podrán asimilar lo que les enseñan, no podrán conseguir mejores trabajos, no ganarán buenos sueldos, no podrán curarse las enfermedades ni comprar alimentos suficientes para ellos mismos y para sus familias lo que, inevitablemente, hará que sus hijos vuelvan a perpetuar ese circulo vicioso del hambre y la pobreza. Pero, sorprendentemente, el hambre y la desnutrición han estado “notablemente” ausentes de los debates políticos y seminarios académicos sobre la cohesión social.
América Latina disfruta hoy de una situación favorable para enfrentar los desafíos vinculados con una mayor cohesión social. Después de cinco años de crecimiento sostenido en la mayor parte de los países de la región –con un promedio anual de crecimiento del PIB por habitante del 3%-, de una importante reducción de la pobreza extrema, de una mayor preocupación de los gobiernos por los problemas sociales y una expansión de los gastos públicos, y de una institucionalización democrática creciente, están dadas las condiciones para reducir drásticamente la profunda brecha económica y social que nos ha afectado secularmente. Los logros de los últimos años y las buenas perspectivas futuras nos permiten avanzar hacia estados más solidarios y sociedades más inclusivas.
¿Cómo puede ser que las sociedades latinoamericanas, con un mínimo de cohesión, no puedan cubrir necesidades tan básicas como la alimentación y la nutrición de sus ciudadanos? Sobre todo, considerando que la producción de alimentos en América Latina y el Caribe en el 2004 excedió en un 30% las necesidades de proteínas y calorías para satisfacer los requerimientos energético la población de la región. Es señal inequívoca de que algo no funciona bien en la cohesión social si los mecanismos de solidaridad y de protección, o las formas en que están instituidos, marginan a tantos seres humanos respecto de un umbral mínimo de satisfacción de necesidades.
Al notar que el hambre y la desnutrición estaban quedando descolgadas de la locomotora de la cohesión social en América Latina, con el riesgo de que los muy excluidos quedaran fuera de la película, la CEPAL, la FAO y el PMA están llevando a cabo un esfuerzo por reposicionar el tema del hambre en la agenda del desarrollo en la región, explicitando el tema del hambre y su erradicación como elemento central y prioritario de las políticas públicas y priorizando las intervenciones dirigidas a eliminar la desnutrición crónica infantil como manifestación más extrema e irreversible de la exclusión social. En ese sentido, se ha presentado un documento titulado “Hambre y Cohesión Social” en el seminario de Madrid donde se dan algunas claves sobre qué se puede hacer a nivel nacional y a nivel regional para que el hambre sea sólo una referencia en los libros de historia, y no una realidad sangrante que se alterna en los países de la región con PIB anuales del 7% o con concesionarios de Ferrari que cada año venden varios autos del modelo más actual.
Actualmente hay dos iniciativas en curso en la región, cuyo objetivo en erradicar el hambre y al desnutrición crónica cuanto antes. Una se llama “América Latina y Caribe sin Hambre”, lanzada por Brasil y Guatemala y apoyada por FAO, y la otra es “Hacia la erradicación de la Desnutrición Crónica Infantil”, lanzada por el PMA, con el apoyo de CEPAL y del BID. Ambas son iniciativas que apoyan la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, pero ponen la meta un poco más allá: ya no vale con reducir el hambre a la mitad, ahora hay que acabar con ella. América Latina tiene los recursos naturales, humanos, financieros, de infraestructuras y de instituciones democráticas necesarios para acabar con el hambre.
La voluntad política es la clave, clave que casi siempre ha faltado. A esto se le añade la construcción de una institucionalidad adecuada y duradera, que traspase gobiernos y partidos políticos, para lo cual se necesitan leyes de seguridad alimentaria, planes de largo plazo, estrategias consensuadas con diversos actores, para poder crear verdaderas “Políticas de Estado” y programas nacionales de amplia envergadura. Y, finalmente, necesitamos la clave que mueve al mundo desde hace siglos: el dinero, los fondos para llevar a cabo esos programas y que lleve acciones concretas a los más necesitados. Los países cada vez destinan menos fondos a programas de lucha contra el hambre, fondos a todas luces insuficientes, menos fondos a las áreas rurales, donde se concentran la mayoría de los hambrientos, y menos fondos a los grupos más desfavorecidos: mujeres y niños menores de 3 años.
Perdonen por repetir algo que debería ser obvio, la erradicación del hambre debería ser la primera prioridad política, y la primera urgencia temporal, en el camino hacia una mayor cohesión social y equidad en América Latina. El Derecho a la Alimentación debería hacer parte de los derechos mínimos que toda sociedad debe garantizar a sus ciudadanos para avanzar hacia una distribución más equitativa de oportunidades y un orden de ciudadanía plena para todos. Reducir la brecha de oportunidades e ingresos, condición básica para el logro de mayor cohesión social, implica en primera instancia mejorar las condiciones de vida de aquellos que no tienen lo elemental para vivir: una adecuada alimentación. Acabar con el flagelo del hambre tiene que dejar de ser un reclamo retórico para convertirse en un compromiso y en un paso imprescindible hacia una auténtica cohesión social.
Jose Luis Vivero Pol
Oficial Técnico
Iniciativa América Latina y Caribe sin Hambre
Oficina Regional de FAO
La cohesión social, como esquema de desarrollo de los pueblos basado en el enfoque de derechos humanos, se articula en torno a tres elementos que se potencian entre ellos: la reducción de brechas sociales, especialmente la brecha en los ingresos, la garantía del disfrute de derechos de los ciudadanos y la promoción del sentido de pertenencia a la sociedad. Estos argumentos, que fueron recogidos de la experiencia europea de acercamiento de sociedades diversas y economías dispares, están siendo pasados actualmente por el tamiz latinoamericano, para construir un modelo propio de cómo conseguir la cohesión social, con una realidad histórica y geopolítica diferente y, sobre todo, con un punto de partida distinto. Y es ahí donde nos estamos dejando el hambre olvidada en una esquina. ¿Qué hambre? ¿En América Latina hay hambre? Hay hambre de más cohesión social, es cierto, pero sobre todo hay hambre de la básica, de alimentos sanos y nutritivos, suficientes y permanentes. Guatemala tiene uno de cada dos niños desnutridos, en Panamá hay un cuarto de la población que pasa hambre y en Paraguay el hambre crece a pesar de que la pobreza se reduce.
Europa ya no tenía 53 millones de hambrientos, como tiene América Latina, cuando empezó a hablar de cohesión social; no tenía más de 9 millones de niños desnutridos cuando propuso la promoción del sentido de pertenencia al “espacio europeo”, y no tiene generaciones enteras de niños condenados a seguir perpetuando la miseria y la exclusión porque padecen de desnutrición crónica, lo cual les impedirá asistir a la escuela, y si asisten no podrán asimilar lo que les enseñan, no podrán conseguir mejores trabajos, no ganarán buenos sueldos, no podrán curarse las enfermedades ni comprar alimentos suficientes para ellos mismos y para sus familias lo que, inevitablemente, hará que sus hijos vuelvan a perpetuar ese circulo vicioso del hambre y la pobreza. Pero, sorprendentemente, el hambre y la desnutrición han estado “notablemente” ausentes de los debates políticos y seminarios académicos sobre la cohesión social.
América Latina disfruta hoy de una situación favorable para enfrentar los desafíos vinculados con una mayor cohesión social. Después de cinco años de crecimiento sostenido en la mayor parte de los países de la región –con un promedio anual de crecimiento del PIB por habitante del 3%-, de una importante reducción de la pobreza extrema, de una mayor preocupación de los gobiernos por los problemas sociales y una expansión de los gastos públicos, y de una institucionalización democrática creciente, están dadas las condiciones para reducir drásticamente la profunda brecha económica y social que nos ha afectado secularmente. Los logros de los últimos años y las buenas perspectivas futuras nos permiten avanzar hacia estados más solidarios y sociedades más inclusivas.
¿Cómo puede ser que las sociedades latinoamericanas, con un mínimo de cohesión, no puedan cubrir necesidades tan básicas como la alimentación y la nutrición de sus ciudadanos? Sobre todo, considerando que la producción de alimentos en América Latina y el Caribe en el 2004 excedió en un 30% las necesidades de proteínas y calorías para satisfacer los requerimientos energético la población de la región. Es señal inequívoca de que algo no funciona bien en la cohesión social si los mecanismos de solidaridad y de protección, o las formas en que están instituidos, marginan a tantos seres humanos respecto de un umbral mínimo de satisfacción de necesidades.
Al notar que el hambre y la desnutrición estaban quedando descolgadas de la locomotora de la cohesión social en América Latina, con el riesgo de que los muy excluidos quedaran fuera de la película, la CEPAL, la FAO y el PMA están llevando a cabo un esfuerzo por reposicionar el tema del hambre en la agenda del desarrollo en la región, explicitando el tema del hambre y su erradicación como elemento central y prioritario de las políticas públicas y priorizando las intervenciones dirigidas a eliminar la desnutrición crónica infantil como manifestación más extrema e irreversible de la exclusión social. En ese sentido, se ha presentado un documento titulado “Hambre y Cohesión Social” en el seminario de Madrid donde se dan algunas claves sobre qué se puede hacer a nivel nacional y a nivel regional para que el hambre sea sólo una referencia en los libros de historia, y no una realidad sangrante que se alterna en los países de la región con PIB anuales del 7% o con concesionarios de Ferrari que cada año venden varios autos del modelo más actual.
Actualmente hay dos iniciativas en curso en la región, cuyo objetivo en erradicar el hambre y al desnutrición crónica cuanto antes. Una se llama “América Latina y Caribe sin Hambre”, lanzada por Brasil y Guatemala y apoyada por FAO, y la otra es “Hacia la erradicación de la Desnutrición Crónica Infantil”, lanzada por el PMA, con el apoyo de CEPAL y del BID. Ambas son iniciativas que apoyan la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, pero ponen la meta un poco más allá: ya no vale con reducir el hambre a la mitad, ahora hay que acabar con ella. América Latina tiene los recursos naturales, humanos, financieros, de infraestructuras y de instituciones democráticas necesarios para acabar con el hambre.
La voluntad política es la clave, clave que casi siempre ha faltado. A esto se le añade la construcción de una institucionalidad adecuada y duradera, que traspase gobiernos y partidos políticos, para lo cual se necesitan leyes de seguridad alimentaria, planes de largo plazo, estrategias consensuadas con diversos actores, para poder crear verdaderas “Políticas de Estado” y programas nacionales de amplia envergadura. Y, finalmente, necesitamos la clave que mueve al mundo desde hace siglos: el dinero, los fondos para llevar a cabo esos programas y que lleve acciones concretas a los más necesitados. Los países cada vez destinan menos fondos a programas de lucha contra el hambre, fondos a todas luces insuficientes, menos fondos a las áreas rurales, donde se concentran la mayoría de los hambrientos, y menos fondos a los grupos más desfavorecidos: mujeres y niños menores de 3 años.
Perdonen por repetir algo que debería ser obvio, la erradicación del hambre debería ser la primera prioridad política, y la primera urgencia temporal, en el camino hacia una mayor cohesión social y equidad en América Latina. El Derecho a la Alimentación debería hacer parte de los derechos mínimos que toda sociedad debe garantizar a sus ciudadanos para avanzar hacia una distribución más equitativa de oportunidades y un orden de ciudadanía plena para todos. Reducir la brecha de oportunidades e ingresos, condición básica para el logro de mayor cohesión social, implica en primera instancia mejorar las condiciones de vida de aquellos que no tienen lo elemental para vivir: una adecuada alimentación. Acabar con el flagelo del hambre tiene que dejar de ser un reclamo retórico para convertirse en un compromiso y en un paso imprescindible hacia una auténtica cohesión social.
Jose Luis Vivero Pol
Oficial Técnico
Iniciativa América Latina y Caribe sin Hambre
Oficina Regional de FAO

