martes 17 de junio de 2008

El Consenso de Roma

José Graziano Da Silva*

Sorprendidos por las dificultades encontradas para que la Declaración Final reflejase el avance efectivo verificado en los debates, las repercusiones en América Latina de la Conferencia sobre Seguridad Alimentaria Mundial recientemente promovida por la FAO no son muy alentadoras. De hecho, las profundas divergencias sobre el qué hacer -que separan hoy a los países desarrollados de los países en desarrollo- reafirman a cada momento la sensación de impotencia frente a un desastre que todos reconocen inminente. Y en el centro de esas divergencias está la cuestión de los subsidios y del multilateralismo.
Ya en su discurso de apertura el Director General de la FAO, Jacques Diouf, recordaba que: “en 1996, en esta misma sala, 112 Jefes de Estado y de Gobierno y los representantes de 186 Miembros de esta Organización se comprometieron solemnemente a reducir a la mitad el número de personas afectadas por el hambre en todo el mundo para el año 2015 y aprobaron un programa para alcanzar tal objetivo. No obstante, en 2002 nos vimos obligados a convocar una segunda Cumbre Mundial para llamar la atención de la comunidad internacional sobre el hecho de que los recursos que deberían financiar esos programas se estaban reduciendo en lugar de aumentar, de modo que los objetivos propuestos sólo podrían ser alcanzados en 2150”.
Los discursos de los jefes de Estado en el día de apertura de la Conferencia también resaltaron las dificultades para alcanzar un plan de acción común. Ilustraré esto a continuación con dos pronunciamientos, el de Brasil y el de Argentina.
El Presidente Lula fue enfático: “Hice del combate al hambre y la pobreza una prioridad de la acción internacional de Brasil. (…) Reunimos en la Sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, sesenta jefes de Estado y altos representantes de más de cien países, que aprobaron un documento que proponía medidas, al mismo tiempo, viables y audaces. Pero, terminadas las reuniones y apagadas las luces, parece que las personas volvieron a sus quehaceres diarios. Ahí el hambre es olvidada, para ser recordada sólo cuando ocurre una explosión como la de las últimas semanas”.
Lula concluye diciendo: “lo que hicimos es muy poco en relación a la enormidad de la tarea. (…). A pesar del amplio trabajo técnico y de la voluntad política de algunos líderes, resistencias de todo tipo continúan anteponiéndose a soluciones innovadoras. (…). No nos engañemos: no habrá solución estructural para el tema del hambre en el mundo mientras no seamos capaces de dirigir recursos para la producción de alimentos en los países pobres y, simultáneamente, de eliminar las prácticas comerciales desleales que caracterizan el comercio agrícola”.
La Presidenta argentina, que sorprendió a todos hablando sin leer el discurso preparado, también enfatizó que: “de las divergencias de las distintas exposiciones podemos extraer visiones diferentes acerca de cuál es el corazón del problema (del aumento de precios), cuáles son sus causas, y como divergimos en cuáles son las causas, también tendremos seguramente diferencias acerca de las soluciones a implementar en este problema. La caracterización que hacemos del problema alimenticio no es solamente un problema de producción sino también de distribución de alimentos”. Según Cristina Kirchner entre las causas estructurales están, primero, “la política proteccionista llevada a cabo por los países centrales desde los años ´70 en adelante, que ha causado un desapoderamiento, por parte de los países emergentes, de recursos que les son propios”. Segundo, “las condiciones que los organismos multilaterales de crédito -particularmente el FMI- han impuesto a los distintos países”; y tercero, “la forma de organización del mercado internacional, de carácter oligopólico”.
Después de rehusarse a aceptar entre las causas del alza de precios el hecho de que los pobres en los países en desarrollo estén comiendo más y mejor, “porque sería paradojal creer que el problema es la incorporación de más personas a una mejor calidad de vida”, apuntó lo que a su entender es un cuarto y decisivo elemento: “la crisis de las hipotecas ha trasladado fuertes movimientos especulativos al mundo de los commodities, no solamente del mundo agrícola sino también del petróleo, causando un efecto absolutamente distorsionado en los precios de los mismos”.
La Presidenta argentina propuso dos cosas: uno, “una conclusión realista de la Ronda de Doha” para evitar lo que llamó “el doble estándar actual” donde los países desarrollados predican el libre comercio mientras mantienen una política interna proteccionista que impide el acceso a sus mercados. Dos, “reorientar los financiamientos de los organismos multilaterales para los países que son grandes productores de alimentos y que incorporan masivamente nuevas tecnologías” para que puedan establecer mecanismos de transferencia tecnológica para los demás países menos desarrollados, de modo que éstos puedan también producir los alimentos que precisan. Como se puede ver, una receta que encaja con los intereses de Argentina y Brasil, pero no necesariamente de otros…
Vale recordar, por ejemplo, que en el artículo firmado en conjunto con el Primer Ministro inglés Gordon Brown, publicado en el día de la inauguración de la Conferencia de la FAO, José Luis Rodríguez Zapatero, el Jefe de Gobierno español y socio del Presidente Lula en varias de las iniciativa internacionales de combate al hambre, defendió “una rápida conclusión de la Ronda de Doha que permita una mayor apertura comercial” y exhortó a los países a “evitar caer en la tentación de imponer medidas comerciales restrictivas como las prohibiciones a las exportaciones”.
Se debe tener presente, además, que cientos de ONG de todo el mundo protestaban en el Circus Maximum (no es una ironía: ése fue el lugar dispuesto frente a la FAO en Roma) abogando por el derecho a la soberanía alimentaria, el fin del libre comercio y de la especulación financiera, y la interrupción de las negociaciones de la Ronda de Doha… No es de extrañar que no haya habido consenso en torno a soluciones innovadoras, para utilizar la misma frase de Lula.
Hace más de 60 años que la FAO intenta acabar con el hambre en el mundo y todo lo que podemos decir hoy es que el enfoque de ese asunto felizmente es “sólo” un problema de mejor distribución de la renta que garantice el acceso a los alimentos producidos. Pero la globalización de los commodities agrícolas exige que se creen nuevos mecanismos de regulación de carácter financiero y reglas específicas que permitan fortalecer el comercio de alimentos entre países vecinos. Quedó claro que los alimentos, como la energía, son demasiado importantes para todos -ricos y pobres- como para ser tratados como una más de los innumerables commodities en mercados sujetos a manipulaciones de intereses privados. De ahí la importancia de la reafirmación del multilateralismo, lo que sin duda fortalece el papel coordinador de las Naciones Unidas y, por consiguiente, el de la FAO. La implementación de políticas de seguridad alimentaria, a nivel local y nacional, pero también a nivel regional como en el Mercosur, la Región Andina, Centroamérica, y el Caribe, es el nuevo issue que emerge de la reunión de Roma.

* Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe