Por Ban Ki-Moon, Secretario General de las Naciones Unidas
El precio de los alimentos aumenta. La amenaza del hambre y la desnutrición crece. Millones de las personas más vulnerables del mundo corren peligro. Hace falta una respuesta urgente.
El precio de los productos básicos -trigo, maíz, arroz- alcanzó niveles sin precedentes y aumentó un 50% o más en los últimos seis meses. Las reservas globales de alimentos están en el nivel más bajo de la historia.Las causas van desde el aumento de la demanda en grandes economías como India y China hasta cuestiones relacionadas con el clima. El elevado precio del petróleo impulsó el costo del transporte de alimentos y de los fertilizantes. Algunos especialistas señalan que el surgimiento de los biocombustibles redujo la cantidad de alimentos.
Los efectos son evidentes. Estallaron disturbios por alimentos en diversas zonas, desde África occidental hasta el sur de Asia. En los países donde es necesario importar alimentos para alimentar a una población hambrienta, las comunidades protestan por el alto costo de vida. Las democracias frágiles sienten la presión de la inseguridad de la provisión de alimentos. Muchos gobiernos instrumentaron una reducción de exportaciones y controles de precios, lo que distorsiona los mercados y el comercio.
Estamos ante un nuevo rostro del hambre, que afecta cada vez más a comunidades que antes se encontraban protegidas. Es inevitable que sean los mil millones más pobres los que se vean más afectados, gente que vive con un dólar diario o menos.
Cuando la gente es tan pobre y la inflación golpea sus magros ingresos, por lo general compra menos comida o compra alimentos más baratos y menos nutritivos. El resultado es el mismo: más hambre y menos oportunidades de un futuro saludable.
Los especialistas consideran que los alimentos seguirán siendo caros. A pesar de ello, tenemos herramientas y tecnología para vencer el hambre. Sabemos qué es lo que hay que hacer. Lo que hace falta es voluntad política y recursos bien administrados.










